viernes, 16 de mayo de 2008

El Espíritu Santo y la Trinidad

El Espíritu Santo nos da a conocer a Dios como «Padre nuestro». Reproducimos una hermosa reflexión sobre este tema del Padre Cantalamessa:

«Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “Abba”, es decir, “Padre”»'. Gal 4,6.



En esto, el Espíritu Santo no hace más que continuar la obra que antes había llevado a cabo con Jesús de Nazaret. Fue en el Espíritu Santo, en efecto, como Jesús, como hombre, fue descubriendo y experimentando cada vez con más claridad su relación filial con el Padre. En el bautismo del Jordán, la proclamación de Jesús como «Hijo amado» del Padre se produce al mismo tiempo que el Espíritu Santo baja sobre él como una paloma (Mt 3,1617). Era el Espíritu el que cada vez suscitaba de las profundidades del corazón humano de Cristo el grito Abba, como nos asegura una vez el propio Evangelio: «El Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra...”» (Lc 10,21).
El Espíritu Santo sigue, pues, desarrollando en los miembros lo que hizo en la cabeza, pero con una importante novedad: en los miembros, esta experiencia de la paternidad de Dios no es paralela a la de Cristo, sino dependiente de ella, mediada por ella. En otras palabras, los creyentes experimentan a Dios como su Padre, por ser el Padre de Jesús, porque participan, en el Espíritu, de la filiación del Hijo. El que actúa en ellos ya no es simplemente el «Espíritu de Dios», sino el «Espíritu de su Hijo».

¿Cómo es que el Espíritu, al venir a nosotros, grita: Abba? ¿Cómo puede él, que no es «engendrado» por el Padre, sino que sólo «procede» del Padre, llamarle Padre? ¿Esto no menoscaba toda nuestra doctrina de la Trinidad? El motivo es muy sencillo: él grita Abba porque, con la encarnación, se ha convertido en el i Espíritu del Hijo, se ha «acostumbrado» y, por así decirlo, «ambientado» a los hombres, y ahora viene a nosotros desde la Pascua de Cristo. Él se porta como una madre que enseña a su niño a decir “papá”, y repite este nombre con él, hasta que el niño se acostumbra a llamar al padre hasta en sueños.

La madre, por sí misma, no podría decir «papá», porque es la esposa, no la hija, del marido, pero se identifica con su niño, L lo educa, lo impulsa. Lo mismo hace el Paráclito con nosotros. El conocimiento del Padre que el Espíritu Santo confiere de este modo es algo muy especial. Es lo que se entiende por «conocimiento» en la Biblia, no en el mundo griego.

Mientras que para los griegos el conocimiento de Dios significa contemplación pura en su grado más elevado de abstracción, para los judíos consiste esencialmente en una relación concreta y recíproca con Dios: experimentar en el tiempo lo que él siente por los hombres, escuchar y obedecer sus mandatos.

El conocimiento de Dios como Padre consiste, por tanto, en reconocer, sentir y experimentar a Dios como nuestro padre. Sabemos el sentido que tiene este término en expresiones como «conocer a la esposa», «conocer la pérdida de los hijos» (cfr. Is 47,8). Aquí se trata de algo muy similar. En el ámbito natural, es la voz de la sangre la que impulsa a un niño a reconocer a su padre entre mil; en el ámbito espiritual, es la voz del Espíritu. Es un conocimiento que suele ir acompañado por un ímpetu de «Júbilo», un arrebato de todo el ser, como sabemos –por el pasaje que hemos citado antes– que le ocurría a Jesús.

« ¡Bienaventurados los que conocen al Padre!», exclamaba Tertuliano, al explicar las primeras palabras del padre nuestro. Este, en efecto, es un conocimiento que nos hace dichosos, felices, que nos infunde seguridad, que nos hace sentirnos invencibles. Cambia de raíz la idea que uno tiene de sí mismo, le confiere una nueva identidad, la verdadera, la de hijo o hija de Dios. Tenemos un ejemplo conmovedor en la vida de santa Margarita de Cortona. A raíz de su conversión, pasó un período de terrible desolación. Dios parecía enojado con ella y, de vez en cuando, le traía a la memoria, uno por uno, todos los pecados que había cometido, hasta en los más mínimos detalles, lo cual le hacía desear desaparecer, aniquilarse. Un día, después de comulgar, de repente se levantó una voz en su interior: «¡Hija mía!». Ella, que había sido capaz de aguantar la visión de todas sus culpas, no pudo soportar la dulzura de esa voz y cayó en éxtasis. Durante el éxtasis, los testigos que se hallaban presentes la oían repetir, fuera de sí por el asombro y la alegría:

«Soy su hija, él me lo ha dicho. ¡Oh, qué infinita dulzura la de mi Dios! ¡Oh palabra durante tanto tiempo deseada! ¡Tan insistentemente pedida! ¡Palabra cuya dulzura supera toda dulzura! ¡Océano de gozo! ¡Hija mía! ¡Me lo ha dicho mi Dios! ¡Hija mía!»


Esto nos ayuda a comprender lo que significa la experiencia de la filiación de Dios, si es vivida en toda su potencialidad. Los santos nos hacen ver, como en aumento y a cámara rápida, aquello que, de un modo más débil y más lento, ocurre en cada creyente.

Ya una vez, hablando del Espíritu Santo como «ley nueva», hemos tenido ocasión de ilustrar cómo esta operación del Espíritu se explica desde el punto de vista teológico. Mientras el hombre vive en régimen de pecado, bajo la ley, Dios le parece un amo severo, alguien que se opone a la satisfacción de sus deseos terrenales con esos mandatos perentorios: «¡Harás... no harás!». En este estado, el hombre va acumulando en el fondo de su corazón un sordo rencor contra Dios, lo ve como un adversario de su felicidad y, si de él dependiera, le gustaría que no existiera.

Lo primero que hace el Espíritu Santo, cuando viene a nosotros, es mostrarnos un rostro distinto de Dios, su verdadero rostro. Nos lo hace descubrir como aliado, amigo; como aquel que, por nosotros, «no perdonó a su propio Hijo» (cfr. Rom 8,32); en definitiva, como un Padre absolutamente tierno. Brota entonces el sentimiento filial que se traduce en el grito: ¡Abba, Padre! Es como decir: «Yo no te conocía, o sólo te conocía de oídas; ahora te conozco, sé quién eres, sé que me quieres de verdad, que eres favorable a mí». El hijo ha sustituido al esclavo, el amor al temor. Esto es lo que significa, en el plano subjetivo y existencial, «renacer del Espíritu».